Tejer dignidad: la revolución silenciosa de las ruanas que está cambiando el campo en Boyacá

En el sur de Paipa, donde la tierra resguarda uno de los sistemas hídricos más importantes del país, un grupo de campesinos, hilanderas y artesanos está demostrando que el campo sí puede ser rentable.

El Distrito Regional de Manejo Integrado del Lago Sochagota es una zona clave para el equilibrio ambiental de Paipa. Este lugar esta conformado por 163 hectáreas, donde nacen aguas termales, se cruzan ecosistemas y conviven tensiones: turismo, minería, agricultura. 

La comunidad le apunta al cambio, no desde la industrialización ni desde la urgencia de producir más, sino desde algo más profundo: dignificar el trabajo, redistribuir el valor y cuidar el territorio. Allí, entre montañas y nacimientos de agua, se teje algo más que ruanas.  Se teje una forma distinta de entender el desarrollo rural, a través de una red colaborativa e independiente de más de 40 campesinos, hilanderas y artesanos que se aliaron para generar textiles, especialmente ruanas tradicionales boyacenses, telas y arte textil que que hoy se comercializan con enfoque socioambiental en beneficio de la comunidad, afirma Wilmer Osvaldo Pulido Rodríguez, campesino, artesano tejedor con 30 años de experiencia y fundador de Ruanas y Tejidos Paipa.

Un oficio que atraviesa generaciones

Antes de convertirse en proyecto, esto ya era historiaEl tejido no nació hace diez años, sino hace más de un siglo, cuando Vicente Pulido —bisabuelo de Wilmer Osvaldo — aprendió el oficio y lo transmitió a su hijo Aurelio. De allí pasó a Osvaldo, su padre, y luego a él.  Son al menos cuatro generaciones en la tejeduría, pero la memoria familiar sugiere que podrían ser más.  

«En la casa aún se conservan cuadernos antiguos, aún consulto a esas hojas desgastadas, llenas de diagramas y dibujos de pisadas para los telares»,  afirma Pulido.

Por el lado de la hilandería, la línea es aún más profunda: madres, abuelas, bisabuelas y tatarabuelas que hilaron lana como una práctica casi obligatoria, heredada desde tiempos ancestrales, incluso desde los pueblos muiscas. 

Los legados que perduran por más de 4 generaciones son expresiones vivas de identidad cultural. | Foto: Wilmer Osvaldo Pulido Rodríguez
Los legados que perduran por más de 4 generaciones son expresiones vivas de identidad cultural. | Foto: Wilmer Osvaldo Pulido Rodríguez

Sin embargo, ese legado estuvo a punto de romperse. La industrialización, las fibras sintéticas y los bajos precios hicieron que el oficio dejara de ser viable. Hilar dejó de ser una oportunidad y se convirtió en sinónimo de precariedad. 

Según Artesanías de Colombia esta situación de bajos y escasos recursos económicos se agudiza al revisar la frecuencia de los ingresos por concepto de la comercialización y venta de artesanías. El 35% recibe dinero por su actividad artesanal de manera ocasional y un 12% por temporadas. Aún así, un 16% recibe ingresos de manera semanal, un 14% quincenal, un 15% mensual y sólo un 5% recibe dinero de manera diaria por su artesanía. 

Cuando el trabajo deja de ser digno

Una oveja se esquila cada 12 meses, el valor de quitarle el vellón es de 20.000 y luego es vendido en 15.000, lo que muestra que se inicia en perdida. | Foto: Wilmer Pulido.

Durante años, según Wilmer Pulido, el mercado pagaba cifras que no alcanzaban a cubrir ni el esfuerzo, entre 15.000 y 25.000 pesos por libra de lana, tras jornadas que podían tomar hasta 20 días. Un ingreso que, al desglosarse, apenas representaba unos cientos de pesos por hora. A eso se sumaban los costos invisibles: el jabón, el agua, el gas o la leña, el tiempo y el desgaste físico.  

Era, en palabras de quienes lo vivieron, “indignante”. Y como suele pasar, las nuevas generaciones empezaron a irse, el punto de quiebre llegó junto a una pregunta sencilla: ¿y si cuidar el territorio también generara ingresos? Así nació un modelo que hoy sostiene el proyecto: el pago por servicios socioambientales, donde los pagos rondan los 100.000.

Aquí, en Paipa, pagar más no es solo una decisión económica, es una apuesta ética. Las hilanderas reciben un precio justo —muy por encima del mercado tradicional— y, a cambio, se convierten en guardianas del entornoCuidan el monte, protegen las fuentes de agua, transmiten el conocimiento y mantienen vivas prácticas campesinas. 

El resultado es una ecuación distinta:  mejor ingreso = mayor cuidado del territorio. 

Nada de esto funciona como una empresa tradicional. Ahí no hay oficinas ni jerarquías rígidas. Hay una red conformada por alrededor de 50 hilanderas y una decena de artesanos, entre ellos doña Marcela Toro, que combina la tejeduría con su negocio de amasijos; Jorge Ernesto Rodríguez, quien elabora bolsos; Alfredo Angarita, dedicado a las manillas y Daniel Palencia que alterna entre el trabajo en una mina familiar y el tejido. 

Cada uno trabaja desde su realidad, muchas veces desde casa, organizando su tiempo según sus propias dinámicas y funcionando como una coreografía silenciosa donde todos conocen su papel. 

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Lo que empezó como una solución local hoy cruza fronteras.  Las ruanas han llegado a distintos rincones del mundo, como: Canadá, Nueva Zelanda, Hong Kong, China, Estados Unidos, Canadá, Alemania, España, Francia y México.    

Han sido llevadas por turistas o por quienes entienden su valor más allá de lo estético. Resaltan por sus piezas más livianas, suaves y adaptadas a nuevos usos, pero con el mismo origen. 

Además de viajeros, músicos y compradores internacionales, algunas piezas han llegado a escenarios culturales y pasarelas de moda sostenible en Bogotá. El proyecto también ha sido reconocido por su impacto social y ambiental: en 2019 recibió el premio Boyacá Responsable y Sostenible como mejor proyecto, y en 2025 Wilmer Osvaldo Pulido fue reconocido como personaje ilustre de Paipa por su aporte a la tradición textil y a la economía de las mujeres campesinas.

“Jhon Arias Niño y María Lucía Fernández usaron mis ruanas después de la final entre Francia y Argentina en la Copa Mundo. Ese día vendí seis ruanas de esa referencia”, cuenta Wilmer. “Una clienta mandó a hacer una ruana y, tiempo después, me enviaron un video donde la estaba usando la artista Juliana La Colombiana. Ha sido muy gratificante”, agrega.

El proyecto no busca ser único. Al contrario, quiere ser replicado. ¿cómo? Su lógica es clara: menos intermediarios, precios justos, trabajo colaborativo y una relación directa con el territorio, para lograr esto han diseñado talleres especializados para tejedores, pero tambien para turistas; allí pueden ver como hacer una ruana, como hilar con huso y tortero, luego con esa lana tejer un pequeño tapiz que se llevan de recuerdo. Su valor es 60.000 por 2 horas de taller.

Lo que ocurre en Paipa va más allá de la artesanía. Aquí, un oficio históricamente mal pagado se convirtió en una fuente de ingresos más justos para decenas de hilanderas y artesanos que, mientras tejen, también protegen las fuentes hídricas, fortalecen la economía rural y mantienen vivos los saberes campesinos.

En un país donde el campo sigue perdiendo oportunidades, ellos decidieron hacer de la tradición una alternativa de futuro. Porque, al final, no se trata solo de tejer lana. Se trata de tejer dignidad.

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