A través de un archivo de memoria audiovisual, este colectivo retrata cómo una comunidad de firmantes en el Cesar reconstruye su vida, territorio y futuro tras alejarse del conflicto armado.
En la Serranía del Perijá, en el Cesar, existe un lugar que nació para sanar las heridas de la guerra. Tierra Grata es una comunidad construida por firmantes del Acuerdo de Paz, un asentamiento creado en 2017 con el objetivo de demostrar que la vida después de la guerra sí existe.
De ese esfuerzo por empezar de nuevo nació La Rotativa, un colectivo de comunicaciones impulsado por firmantes de paz, que encontraron en el arte una forma de acompañar y narrar su reincorporación. Su objetivo, como señala la fotógrafa María Fernanda Pinilla, es “generar una postura política frente a la construcción de paz, la reparación inmaterial y la construcción del tejido social a través del arte y de la cultura”.
Ese camino, empezó cuando 162 firmantes de los frentes 19 y 41 de las FARC llegaron al entonces Espacio Territorial de Capacitación y Reincorporación Simón Trinidad. Allí, uno de ellos, Marcos Guevara, retomó su oficio de fotógrafo para documentar su proceso y el de sus compañeros.
Lo que comenzó como un archivo para narrar el surgimiento de una comunidad, fue creciendo a medida que la población identificaba nuevas formas de participar. Así, el colectivo se convirtió en un espacio de formación para jóvenes, un laboratorio análogo montado en la montaña y una pequeña escuela que usa el arte como lenguaje común entre firmantes, niños y comunidades vecinas.
“Era necesario contar lo que estaba naciendo, pero también acompañar a quienes estaban aprendiendo a vivir este nuevo comienzo”, explica Pinilla. Muy pronto entendieron que no bastaba con registrar: había que brindar herramientas para que la comunidad narrara sus propias historias. La premisa era clara: que nadie contara por ellos lo que ellos podían contar.
Con esa intención, los habitantes empezaron a registrar hechos cotidianos, memorias y transformaciones. Con el tiempo, recibieron el apoyo de Historias en Kilómetros, una organización que forma colectivos de todo el país en cine comunitario. Tras un año de formación, el equipo produjo sus primeros cortodocumentales desde y junto con la comunidad.
Ese proceso también dio lugar al primer Festival de Cine Comunitario en la Serranía del Perijá, creado para mostrar las producciones locales y fortalecer la red de creación. Su segunda edición, realizada este año, se convirtió en un festival itinerante que recorrió varios territorios de Colombia y, además, llegó a Kenia y Bangladesh, conectando procesos del sur global a través de un mismo lenguaje comunitario.
Ese trabajo formativo quedó registrado en distintas piezas audiovisuales, que funcionan como un mapa para leer lo que ha significado la reincorporación en Tierra Grata. Cada uno aborda un aspecto distinto: el arraigo, la organización, la verdad, la autonomía económica y la vida comunitaria. Juntos, componen una narrativa sobre cómo la paz se transforma y se sostiene en el día a día.
1. Arraigo
En Arraigo, la maternidad aparece como una de las transiciones más profundas que vivieron las mujeres firmantes. Después de años en la guerrilla, marcados por la movilidad permanente, las separaciones forzadas y la incertidumbre, llegar a Tierra Grata significó por primera vez echar raíces.
El corto no es solo un relato íntimo: es una lectura sobre cómo las mujeres reconstruyen el territorio desde lo cotidiano. Entre el cuidado, la enseñanza y las redes de acompañamiento, han tejido una vida comunitaria renovada, marcada por el nacimiento de los primeros hijos de la paz.
2. Marcos
Marcos es, en esencia, la crónica del surgimiento de una comunidad. A través del lente del fundador de La Rotativa, el corto revela el paso de un campamento improvisado a una vereda que hoy tiene nombre, organización y proyectos propios.
Este corto muestra que la organización comunitaria también es un acto político de paz, donde cada trabajo, decisión colectiva, y acción de transformación, se convierte en una forma de reescribir la vida sin armas.
Al final, esta pieza es una reflexión sobre la dignidad: sobre cómo un lugar que antes no aparecía en ningún mapa, terminó convirtiéndose en un hogar levantado por quienes decidieron escribir otra historia diferente a la que nos han contado.
3. Sanando las heridas de la guerra
Tres décadas después de un ataque guerrillero en el corregimiento de Media Luna, firmantes de paz regresaron al territorio para tender puentes con las comunidades afectadas. Sanando las heridas de la guerra documenta ese momento: familiares, víctimas y excombatientes compartiendo un espacio, reconociéndose, pidiendo perdón y escuchando.
Evidencia un ejercicio de reconciliación que no evoca soluciones mágicas, sino un proceso doloroso y real, donde el arte y la comunicación se convierten en herramientas para reconstruir la confianza.
4. Wilson, de las armas a la máquina de coser
Detrás del nombre de Wilson está la transformación económica que acompaña la paz: él fue combatiente, pero hoy trabaja con sus manos para producir bolsos, cultivar la tierra y sostener a su familia.
La iniciativa acompaña ese tránsito para mostrar que la paz no solo se construye con acuerdos. Entre telas, cultivos y patrones, Wilson encarna la idea de que la paz también es un trabajo: un aprendizaje continuo, una búsqueda de estabilidad y una apuesta por un proyecto de vida posible.
5. Tierra Grata: cuatro años construyendo paz
Esta pieza retrata lo que implica levantar una comunidad desde cero a cuatro años del Acuerdo de Paz: construir el acueducto, llevar energía, levantar viviendas, poner en marcha cooperativas, abrir caminos para el turismo comunitario, impulsar la participación política y enfrentar los riesgos de seguridad que todavía persisten.
No solo registran los avances, sino también las tensiones que los atraviesan: el miedo por los asesinatos de firmantes, la demanda de mayor apoyo institucional, el trabajo con aliados de cooperación internacional y la apuesta por fortalecer la autonomía territorial.
El resultado es una mirada al proceso de paz en escala local, donde cada logro convive con nuevos desafíos y cada avance es producto del esfuerzo colectivo por sostener la vida en el territorio.
La Rotativa demuestra que la paz también necesita ser vista. Pues contar estas historias transforma a quienes las viven, pero también a quienes las escuchan. Sus documentales han permitido que la sociedad conozca de primera mano cómo se reconstruye una vida después de la guerra: no desde cifras ni discursos, sino desde rostros, oficios, maternidades, perdones y aprendizajes.
Este trabajo, además, ha sido reconocido en diversos escenarios: las piezas han obtenido nominaciones en Short of the Year, la Selección Oficial FAMMA, TameCine Fest (Colombia), el Festival Internacional de Cine de los Derechos Humanos de Bolivia – El Séptimo Ojo es Tuyo, el Festival Internacional de Cine de Oriente (Colombia) y el Festival HACER – Escuela de Cine Comunitario (Argentina).
Aun con los retos de sostenibilidad, seguridad y acceso a recursos, La Rotativa insiste en seguir narrando. Porque, como señala Maria Fernanda, “a pesar de que cada uno de los documentales tiene temáticas muy distintas, es una apuesta total hacia la paz”. En ese gesto, la paz deja de ser un concepto lejano para convertirse en una experiencia que interpela, incómoda e inspira. Y mientras haya quien cuente estas historias, habrá también quien pueda imaginar un país donde la reconciliación no sea solo un acuerdo, sino una posibilidad real.