Con la entrada en vigencia del decreto 481 de 2025, el Estado colombiano busca regular el sistema educativo de las comunidades indígenas. Para algunos expertos, esta reglamentación enfrenta desafíos en materia de implementación. Estos son algunos retos y alternativas.
De acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas (ONU), Colombia es uno de los países más diversos en materia de cultura étnica. En el territorio nacional habitan 115 comunidades indígenas (según el censo del DANE de 2018), de las cuales el 63% se encuentran en La Guajira, Cauca, Nariño y Córdoba. Estos pueblos hablan en 65 lenguas diferentes y cada uno tiene una forma distinta de entender el mundo.
Con cerca de dos millones de integrantes, se trata de poblaciones que vienen creciendo, entre otras cosas, por el reconocimiento del Estado a nuevos grupos aborígenes y mejoras en las condiciones de vida de algunos territorios. De 2005 a 2018, el número de personas identificadas como indígenas creció en 36,8%. De igual forma, también aumentó la población infantil que ya se ubica en 650.000 niños.
Se trata de jóvenes educados con conocimientos sobre la vida en la naturaleza, tales como el cuidado de la tierra, la agricultura ancestral y, en últimas, su relación con el universo. El desarrollo de esas tradiciones independientes, garantizado por la Constitución Nacional, les permite tener sistemas de pedagogía específicos, si se quiere, diferentes al estilo occidental académico.
“La educación para nosotros primero es la relación con lo que nos rodea, con el contexto y el buen manejo de nuestros recursos para no ir en contra de la vida, es decir, para no abusar de la naturaleza”, dice Yoirlandi Palechor, líder indígena en educación de la comunidad Nasa.
Teniendo en cuenta esa amplia variedad de conocimientos autóctonos, resultado de siglos de interacciones, tanto con el «hombre blanco» como entre ellos, sus modelos de formación son tan variados como comunidades hay, lo que dificulta establecer uno general para toda la “nación aborigen colombiana”.
Decreto 481 de 2025
En un intento por consolidar ese esquema único, y después de décadas de trabajo, el Gobierno Nacional reglamentó la enseñanza étnica mediante el decreto 481 de 2025 y creó el Sistema Educativo indígena Propio (SEIP).
“Esta regulación no surgió hoy, es una historia que empezó desde los años setenta, cuando los movimientos originarios, principalmente el CRIC, velaban por una escuela en cada región, apropiada a sus diferentes condiciones culturales, lingüísticas y políticas, también, como una defensa del territorio”, explica Sandra Patricia Guido Guevara, profesora titular y experta en educación indígena de la Universidad Pedagógica Nacional de Colombia.
Dicho documento establece, textualmente, que: “se reconoce la Educación Indígena y la autonomía educativa en el marco del Estado social de derecho, multiétnico y pluricultural. Cada pueblo, a través de sus autoridades indígenas y estructuras de gobierno propio, orienta su Educación en el marco del Plan de Vida, desde su cosmovisión, Leyes de Origen, Derecho Mayor, Derecho Propio y la Constitución Política”.
En ese sentido, la norma busca que la población pueda determinar autónomamente qué enseñar, cómo, cuándo y dónde hacerlo. Por eso, su modelo se enfoca en el crecimiento de semillas, es decir, los estudiantes. “Las semillas somos todos los seres humanos. Uno siembra para cosechar y esas cosechas se cuidan para que los árboles crezcan y den más frutos, en un ciclo permanente de vida”, aclara Palechor.
Por lo tanto, lo que podría llamarse “programas académicos”, bajo ese precepto, requiere etapas de aprendizaje donde cada “dinamizador” (profesor) va cuidando sus semillas, desde el prescolar hasta los más altos niveles de formación. Esta persona debe abonarlas, regarlas y darles las condiciones necesarias para que germinen exitosamente y puedan, más adelante, cuidar a las nuevas.
Así las cosas, el proceso de implementación del decreto recién empieza y el trabajo es enorme, sin contar la ambigüedad en la forma de financiamiento. El Estado y las gobernanzas nativas deben construir toda una estructura funcional que contemple distintos niveles de formación, que vayan desde la básica primaria hasta la universidad, e incluso superiores, para que en el futuro puedan integrarse al esquema nacional oficial; es decir, consolidar un formato de movilidad que articule los dos mundos. No obstante, esa legislación no especifica qué entidad estará a cargo de proveer el dinero que haga funcionar el esquema.
Mientras eso se da, ¿qué pasa con los jóvenes que quieren estudiar en el sistema occidental?
¿Se puede hablar de inclusión en la educación indígena?
En la actualidad hay un ejemplo de “educación formal aborigen”: la Universidad Autónoma Indígena Intercultural del Cauca (UAIIC), con sede en Popayán. Esta institución, desde 2003, ofrece programas que incluyen la administración y gestión de la salud intercultural, licenciatura en pedagogía comunitaria, derecho propio, buen vivir comunitario y hasta la revitalización de la madre tierra, en síntesis, todo un pensum enfocado en fortalecer el saber ancestral.
“La UAIIC está lanzando incluso una maestría en temas de asuntos indígenas, en alianza con una Universidad de México. Entonces, este es un ejercicio que valida los saberes plenos de nosotros”, explica Yoirlandi Palechor.
A pesar de que este centro de estudios da prelación a los pueblos originarios, su oferta de cupos es reducida en consideración a los aspirantes que se inscriben, hecho que limita su alcance. En consecuencia, las personas que no pueden acceder a esa alternativa intentan ingresar a una universidad privada o pública, que no enseña los saberes que desearían aprender para profesionalizarse.
Esta dinámica tiene retos particulares. “Una escuela con pertinencia cultural es uno de los principales desafíos. También la formación de maestros, si no formamos a los docentes, que son la base, va a ser muy difícil que podamos implementar estas propuestas multiculturales”, afirma Sandra Guido.
En tal sentido, una verdadera inclusión educativa sería una en donde cualquier alumno no solo pueda recibir formación asociada a su cosmogonía, sino también en su idioma, con su lenguaje, pertinente. No obstante, enseñar español, ciencias políticas, alguna ingeniería o incluso derecho, en lenguas nativas también es problemático, incluso, peligroso. Esto es lo que Palechor entiende como etnoeducación.
“Si nos meten la información de ustedes en el idioma de nosotros, más rápido nos vamos a volver de allá (de la ciudad), lo de nosotros no lo vamos a saber. Entonces la lengua materna debe garantizar que lo que vamos a enseñar a nuestra gente sea lo propio, lo de la cosmovisión de nosotros, lo de nuestra ley de origen, nuestros saberes tradicionales, ancestrales, que se han practicado milenariamente para pervivir, para cultivar, para sanar, para curar, para guardar los ríos, los volcanes, los páramos, en fin, los sitios sagrados”, explica.
La experiencia de Brasil
En la entrega 2025 de los premios Escuelas Sostenibles de la Fundación Santillana, en Río de Janeiro, se abrió un espacio para hablar sobre la inclusión de los pueblos originarios en los sistemas educativos. Ahí, Rita Potyguara, directora de Flacso Brasil y ex asesora del Consejo Nacional de Educación; Tamikuã Pataxó, educadora en escuelas indígenas brasileñas, e Irisnã Pataxó, gestora de proyectos de valoración cultural, conversaron sobre las acciones que realizan, desde sus orillas, en pro de tener un entorno más incluyente. Estas estrategias pueden adaptarse al contexto colombiano ya que no están ligadas intrínsecamente a las lenguas autóctonas de cada población.
Potyguara explica que “educar es preservar y esa sostenibilidad se encuentra con la diversidad”. Para ella, la concepción colonial de la escuela como edificio o estructura rígida, anquilosada, no es compatible con la transmisión oral, incluso ancestral, de conocimientos.
Por eso, propone un modelo móvil en donde la interacción con la naturaleza, con el mundo en su todo, se dé en distintos espacios que fluyan con el devenir de la vida y la acompañen, en una dinámica de crecimiento mutuo, perpetuo y nutritivo. Así, sugiere, los docentes deberían ir a los estudiantes y viceversa, ya en sus casas, ya en sus territorios.
Ese movimiento, añade, implica también la creación de nuevas formas de entender al otro, de relacionarse con lo que trae a ese encuentro, así sea que a primera vista no tenga relación con su cotidianidad. Ejemplo de ello puede ser la tecnología digital.
Al respecto, Irisnã Pataxó contó que, con el apoyo de su equipo, desarrolló una forma de enseñar a los niños de los primeros grados saberes tradicionales, combinados con los científicos. Se trata de Aripuán, un tablero electrónico cuyas teclas reproducen los sonidos de las letras, tanto en el portugués brasilero, como en los dialectos autóctonos. Esta herramienta les permite llegar a los estudiantes sin perder la herencia de su lenguaje y sin alejarse de los currículos modernos.
Si bien apenas es un prototipo, para Irisnã, este invento es el nacimiento de un cambio más profundo que contribuirá a construir una sociedad en donde el intercambio de sabidurías sea más fácil.
Trabajo en equipo e integración: claves de la educación indígena
Tamikuã Pataxó resume el sentido de la inclusión en la complementariedad. “Debemos escuchar de forma activa y llevar esas conversaciones a la decisión de la gestión escolar”. En su concepto, los esquemas académicos deben estructurarse mediante la concreción de puntos en común entre las culturas, para rescatar sus valores e ideologías determinantes, de forma que lleven a una conciencia colectiva.
En resumidas cuentas, hablar de un modelo único de educación indígena, ya propio, ya inclusivo, resulta un desafío, pues las miradas son múltiples y diversas, y las necesidades lo son aún más. A pesar de eso, encontrar un equilibrio parece ser el consenso general para preservar saberes milenarios que se articulen a los conocimientos científicos y consoliden una forma de enseñar donde todos tengan un lugar.