Con proyectos que van desde escuelas de baile hasta programas pedagógicos en territorio, esta fundación ha construido un modelo que integra arte, disciplina y orientación para fortalecer proyectos de vida.
En Cali, donde el ritmo parece estar siempre en el aire, bailar es más una forma de vida que una expresión artística. Pero para muchos jóvenes, adultos, comunidades rurales e indígenas que viven del arte, ese talento no siempre se convierte en una oportunidad real. En medio de esa contradicción, una ciudad que respira danza, pero en la que no todos pueden vivir de ella, nació hace siete años la Fundación Melao Arte y Cultura.
El punto de partida fue una necesidad evidente. Aunque Cali acumula academias, festivales y espacios de formación, para cientos de artistas era difícil convertir lo aprendido en trabajo estable. Los fundadores lo vieron con claridad. «Había formación, sí, pero no necesariamente acompañamiento, ni puentes que conectaran ese talento con empleos dignos» asegura Michelle Martínez directora de la iniciativa.
Esa búsqueda de crear oportunidades concretas llevó al primer programa de la organización: Baile Sin Fronteras, una iniciativa que abrió espacios para que jóvenes instructores enseñaran en academias aliadas, recibieran pagos justos y comenzaran a construir una carrera en el arte. Con el tiempo se convirtió en el corazón de Melao, porque demostró que cuando a un artista se le reconoce su tiempo, su esfuerzo y su saber, transforma no solo su trayectoria profesional, sino también su relación con el territorio.
A partir de ese proceso, la fundación afianzó su identidad, entendiendo que «Melao» no es solo un nombre, «es la mezcla del valle, el Caribe y el Pacífico; es sabor, ritmo, territorio e identidad. Es la confianza que se ha tejido con la comunidad desde la presencia constante y el respeto», explica Martínez. Ese concepto fue el punto de partida para mirar más allá de la danza.
El contacto directo con las comunidades permitió identificar nuevas necesidades: mujeres cabeza de hogar con habilidades culturales, pero sin certificación; jóvenes que no podían acceder a formación técnica por su costo y niños indígenas que requerían acompañamiento escolar y cultural. Por ello, decidieron ampliar su visión para «fortalecer procesos de arte, cultura y educación que generen oportunidades de desarrollo laboral y humano para jóvenes, mujeres y comunidades rurales e indígenas», afirma Martínez.
Con esa visión, crearon cuatro programas adicionales que hoy complementan a Baile Sin Fronteras. Tejiendo historia a través del inglés, en alianza con el Centro Cultural Colombo Americano, que ofrece becas desde A1 hasta B1; Cultura y Lenguaje, que vincula a estudiantes de idiomas que enseñan español a extranjeros interesados en la cultura caleña; Ritmos resilientes, un proyecto académico con la Universidad de Copenhague, en donde se investiga el impacto sociocultural de la salsa; y Sembrando Sonrisas, que brinda apoyo integral a niños indígenas con regalos, útiles escolares y procesos comunitarios.
Este crecimiento impulsó un cambio estructural. Hoy, Melao avanza en el proceso para convertirse en una Institución Educativa de Humanización para el Trabajo, con el fin de ofrecer formación técnica accesible en áreas artísticas, culturales, educativas y relacionadas con el área física.
Desde ese ecosistema han surgido historias que reflejan el impacto del proyecto. Michael Vargas, por ejemplo, llegó a la fundación desde antes que existiera: primero como amigo, vecino, compañero de baile, y luego como uno de los instructores que hicieron parte de los proyectos iniciales de Baile Sin Fronteras y Tejiendo historia a través del inglés.
«La fundación me dio la oportunidad de adquirir conocimiento, de aprender sobre otras culturas y aprender otros idiomas» asegura Vargas . Hoy gracias al apoyo del programa inició su vida laboral al otro lado del mundo, y hoy dirige «Paso Latino» su propia escuela de baile en Suiza.
A esa historia se suma la de Herminsul Otero, quien desde hace tres años se ha convertido en una pieza clave del programa Sembrando Sonrisas. Aunque su labor nació en 2020 como una iniciativa personal para evitar que los niños indígenas de Pital, El Rosal, El Tablón y Monterilla enfrentaran las mismas carencias que marcaron su infancia, fue al llegar a la fundación cuando su esfuerzo tomó fuerza, estructura y alcance.
Melao se sumó de inmediato a su causa: hoy le brinda apoyo anual con donaciones, logística y acompañamiento, lo que ha permitido ampliar la cantidad de niños beneficiados. Para Herminsul, el respaldo de la fundación ha sido determinante no solo para sostener la iniciativa, sino para llegar a territorios donde el acceso a educación, transporte o salud es limitado. Cada entrega, dice, «confirma el impacto de este trabajo conjunto: niños que dejan todo para recibir su regalo, familias profundamente agradecidas y comunidades donde la alegría se siente rara vez».
En siete años, Melao ha beneficiado a más de 200 familias, acompañado entre 100 y 150 niños indígenas, y construido rutas laborales para decenas de instructores. En 2025, además, ingresó a la base de datos oficial de la ONU dentro del sistema de Sociedad Civil del Departamento de Asuntos Económicos y Sociales, un reconocimiento que fortalece su proyección internacional.
Sin embargo, el camino no ha sido fácil. La fundación aún no cuenta con sede física y los recursos son limitados. A pesar de ello, han logrado sostenerse gracias a Baile Sin Fronteras y con la ayuda de un equipo pequeño que trabaja con disciplina y convicción. «No partimos de discursos de carencia, sino de una realidad muy clara: hay talento, disciplina y cultura; la Fundación aporta estructura y oportunidades» asegura Michelle.
Hoy, Melao mantiene una idea firme: el arte y la educación no son un privilegio, sino caminos para transformar vidas. En una ciudad que baila día y noche, acompañar a un joven, a una madre o a una comunidad puede abrir puertas que parecían lejanas. A su propio ritmo, demuestran que la cultura puede ser más que expresión: puede ser un proyecto de vida.