La Fundación Sembrando Aprendizajes, en Soacha, facilita que madres y víctimas que trabajan en servicios generales terminen el bachillerato. Además, las empodera a reconocer su valor e iniciar estudios universitarios
La Fundación Educativa Sembrando Aprendizajes Con-ciencia y Tecnología (Fesact), es un proyecto fundado por Mónica Lancheros, licenciada en Literatura y Lengua Castellana; y Carolina Gómez, licenciada en Matemáticas. Nació en 2023, tras identificar las carencias de la población vulnerable en Soacha.
Todo comenzó cuando ambas coincidieron en charlas organizadas por la Secretaría de Educación de ese municipio en colegios públicos; allí notaron que estas actividades se realizaban de forma superficial, priorizando la ‘foto‘ y la evidencia sobre el impacto real.
Identificaron un vacío crítico: los programas oficiales se enfocaban casi exclusivamente en niños, adolescentes y adultos mayores. Esto dejaba en el olvido a mujeres trabajadoras, madres cabeza de familia y víctimas de maltrato emocional, en un rango de edad entre los 30 y 50 años. «Fue cuando dijimos: tenemos que hacer algo. Teníamos las herramientas, sabíamos que podíamos lograrlo y creamos la fundación. Estamos enamoradas de este proyecto; nace desde la vocación por convicción«, afirma Carolina.
Basta con mirar el caso de Bogotá: siendo la capital del país, y colindando con Soacha, la ciudad presenta una tasa de asistencia escolar del 95,2 % según la encuesta GEIH del DANE, para 2023; y un analfabetismo en jóvenes que ha bajado al 0,49 %, no obstante los desafíos estructurales persisten: aunque ese mismo años se registró una disminución de 5.022 casos respecto al año anterior, 19.653 personas abandonaron las aulas, según la Secretaría Distrital de Educación.
Esta problemática afecta principalmente al nivel de preescolar con un 3,3 % y secundaria con el 3,2 %, siendo ligeramente mayor en la población masculina.
El panorama lo explica mejor Isabel Segovia, ex secretaria de Educación Distrital: «La deserción es más alta en los últimos años de escolaridad, particularmente entre séptimo y décimo grado, debido a problemas de adaptación, falta de interés en la educación, problemas económicos que obligan a los jóvenes a trabajar o la captación para otras actividades. Otras causas incluyen la movilidad de las familias por razones económicas, el rezago en los aprendizajes, y problemas de convivencia escolar, seguridad, salud mental, bullying u hostigamiento».
Si eso pasa en la ciudad más desarrollada, resulta necesario que otros territorios como Soacha cuenten con iniciativas como FESACT, que buscan rescatar a quienes el sistema no logró retener.
Sembrando esperanza
La búsqueda de FESACT comenzó en diversas instituciones locales. En el Hospital Mario Gaitán Yanguas, en Soacha, las fundadoras se toparon con una realidad crítica: una nueva política interna exigía que todo el personal de servicios generales contara con el título de bachiller para conservar su empleo. Fue allí donde encontraron historias de vida marcadas por la necesidad de superación inmediata.
Fesact se rige bajo el Decreto 1075 de 2015, el cual reglamenta la educación para adultos en Colombia y permite el modelo de Ciclos Lectivos Especiales Integrados (CLEI) ante la Secretaría de Educación. Este sistema organiza la formación académica en dos modalidades principales según la edad y las necesidades del estudiante.
La primera modalidad está enfocada en la validación del bachillerato para personas mayores de edad, con ciclos que inician en el mes de enero. El proceso se desarrolla de forma remota asistida, estableciendo conexiones virtuales los días martes, jueves y sábados. Por otro lado, la fundación ofrece el bachillerato por ciclos para jóvenes de entre 16 y 18 años, bajo un esquema de estudio acelerado donde los encuentros virtuales se realizan los lunes, martes y viernes.
A su vez, el modelo pedagógico exige la asistencia presencial de los estudiantes los días sábados en casos específicos, tales como la realización de actividades institucionales, charlas de orientación psicológica o jornadas de refuerzo académico. El plan de estudios está diseñado para prestar una formación integral y moderna, abarcando materias fundamentales como Matemáticas, Español, Ciencias Sociales, Ciencias Naturales y Filosofía, e integrando además componentes de vanguardia como Inteligencia Artificial y Emprendimiento.
Las sesiones de la fundación trascendieron a ser más que una simple capacitación académica. Se convirtieron en espacios de sanación y reconocimiento del valor personal. A través de dinámicas como la terapia de espejo, las mujeres iniciaron un proceso guiado de autoaceptación. Al mirarse a los ojos, enfrentaron sus miedos y transformaron su percepción y autoestima, dando paso a personas más alegres, empoderadas y con amor propio renovado.
Según Gina Gómez, psicóloga de la Universidad Cooperativa de Colombia y quien acompaña a las integrantes de la fundación en su proceso, uno de los mayores desafíos es la transformación del dolor. La mayoría de las personas cargan con historias de vida profundamente marcadas por el sufrimiento, lo que exige un abordaje delicado y experto.
Para Gómez, la clave no es solo procesar las vivencias traumáticas, sino evitar a toda costa la revictimización. El objetivo de Fesact es consolidar un espacio seguro donde se puedan expresar sin prejuicios. En este entorno, la validación de sus emociones se convierte en la herramienta para sobrellevar el trauma y reconstruir su identidad desde la fortaleza.
La búsqueda de FESACT comenzó en diversas instituciones locales. En el Hospital Mario Gaitán Yanguas, en Soacha, las fundadoras se toparon con una realidad crítica: una nueva política interna exigía que todo el personal de servicios generales contara con el título de bachiller para conservar su empleo. Fue allí donde encontraron historias de vida marcadas por la necesidad de superación inmediata.
Su modelo educcativo funciona
Las sesiones de la fundación trascendieron a ser más que una simple capacitación académica. Se convirtieron en espacios de sanación y reconocimiento del valor personal. A través de dinámicas como la terapia de espejo, las mujeres iniciaron un proceso guiado de autoaceptación. Al mirarse a los ojos, enfrentaron sus miedos y transformaron su percepción y autoestima, dando paso a personas más alegres, empoderadas y con amor propio renovado.
Según Gina Gómez, psicóloga de la Universidad Cooperativa de Colombia y quien acompaña a las integrantes de la fundación en su proceso, uno de los mayores desafíos es la transformación del dolor. La mayoría de las personas cargan con historias de vida profundamente marcadas por el sufrimiento, lo que exige un abordaje delicado y experto.
Para Gómez, la clave no es solo procesar las vivencias traumáticas, sino evitar a toda costa la revictimización. El objetivo de Fesact es consolidar un espacio seguro donde se puedan expresar sin prejuicios. En este entorno, la validación de sus emociones se convierte en la herramienta para sobrellevar el trauma y reconstruir su identidad desde la fortaleza.
Faisury García: el sueño que venció la adversidad
A temprana edad, Faisury asumió la misión de cuidar a sus hermanos menores, dejando de lado sus sueños. Sin contar con el apoyo de sus padres, empezó a trabajar en casas de familia. «Recuerdo que mi papá era ausente, yo le decía que quería ser médico y me decía que no podía lograrlo, no me dio todos los estudios, me sentía muy sola», indica.
A los 16 años quedó en embarazo de su primer hijo, al poco tiempo de nacer, el niño perdió la vida. Con lágrimas en los ojos y voz de impotencia, recuerda: «mi bebé venía mal, ingresó a cirugía por una cardiopatía y fallece, se quedó en el posoperatorio, yo solo pensaba que si hubiese estudiado mi carrera de medicina eso no habría pasado, yo hubiese salvado a mí hijo». Este duelo lo llevó junto a su esposo, con quien hoy tiene una niña y dos niños.
«Me dediqué a mi hogar y aunque soy feliz y bendecida por mi familia, dejé de seguir mis sueños», afirma.
Por su mente no pasó la posibilidad de terminar de estudiar. Eso cambió cuando vio a sus compañeras con una sonrisa en el rostro al completar su graduación de bachiller. Ingresó a la Fesact y, aunque al principio enfrentó dificultades como ir trasnochada después de terminar su turno y no contar con recursos, no desistió.
«Recuerdo que una vez no tenía para los pasajes y caminé bajo la lluvia como hora y media, cuando llegué y mis profesoras me escucharon decir eso me regañaron, hicieron una vaca para devolverme en bus. Cuando no tenía para las hojas mantequilla, cogía un poquito de aceite y se lo ponía a cada hoja para calcar los mapas. Rendirme no era una opción».
Gina Gómez resalta la importancia de las figuras paternas en el desarrollo de la autoestima. Para la profesional, el entorno familiar es el primer espejo donde se construye la identidad. «Cuando tenemos la validación y afecto desde que somos infantes— se desarrolla la confianza en nosotros mismos y, por ende, mejoran nuestras relacionales interpersonales, la falta de reconocimiento, genera dependencia emocional, autoestima baja y limitaciones sobre nuestro propio valor».
Esta visión profesional explica por qué muchas de las mujeres que llegan a la fundación deben, primero, sanar las voces del pasado que les dijeron que «no podían lograrlo», para así permitirse reconstruir su proyecto de vida.
Stella Castellanos Gómez: del dolor al valor
A sus 48 años, labora como aseadora en el Terminal del Sur de Bogotá. Con una sonrisa en el rostro y algo de nervios al hablar, Stella recuerda que su infancia fue la mejor: «crecí con mi madre, María Goméz Tellez, una guerrera, yo soy el vivo ejemplo de ella».
A los 13 años conoció a su expareja, tenía 28 años, con él formo un hogar. «Me envolvió, quedé en embarazo y le dediqué mi vida a mi familia», indica. A raíz de ese embarazo abandonó sus estudios, hasta quinto grado. Recuerda con impotencia: “de él sólo recibía golpes, maltrato, malas palabras. Por eso mis hijas crecieron con mi madre, porque mi pareja me pegaba y me dejó sola, solo tenía el apoyo de mi mamá».
Desde temprana edad, Stella se dedica a prestar servicios generales. Insiste en que su madre hacía todo diferente, por medio del amor. Se la llevó un cáncer de pelvis que dio lugar a un cáncer de páncreas, hace 13 años. «Cuando llegué al hospital el doctor me dijo que tenía que darle el último abrazo y despedirme de ella», recuerda entre lágrimas .
A ese dolor, tiempo después, se sumó otra pérdida. Se trata de Sebastián Gómez Tellez, «Mataron a mi único hijo, cuando tenía 28 años. Él no le hacía daño a nadie». Pasó mientras se dirigía a trabajar en Corabastos: por una equivocación, recibió seis impactos de bala: «Tuve una crisis emocional porque lo vi a muerto, tirado en el piso».
Stella ingresó a la Fesact cuando trabajaba en el Hospital Mario Gaitán Yanguas. Allí, el proceso de formación incluyó terapias que confrontaron su pasado: «nos mostraron en un espejo y lloramos. De ellas, de las profesoras, aprendimos a crecer». Para ella la fundación fue un espacio de transformación en el que, asegura, aprendió a creer en si misma a través del amor propio. «Se puede sin importar la edad, estatus social o profesión, no fue solo estudio fue crecimiento emocional», indica.
Desde la psicología, Gómez explica que el proceso de pérdida implica atravesar el duelo, en donde se debe reconocer la pérdida, expresar emociones como tristeza, dolor, rabia; y gradualmente se debe reorganizar la vida sin la persona que falleció. «En terapia, se trabajan estrategias como expresión de emociones, procesamiento del trauma, fortalecimiento de los nuevos significados para que la persona pueda adaptarse a la realidad después de la perdida», añade.
Ruth Miriam Corredor: sin importar la edad
A sus 51 años, Ruth empieza su día confeccionando ropa en su máquina plana. Vive con su hija, su yerno y sus dos nietos. Recuerda con alegría su infancia, sin embargo, su camino educativo se detuvo en grado séptimo cuando se dedicó por completo al cuidado de sus hijos, dejando de lado el estudio. Durante un tiempo trabajó en servicios generales, en el hospital, donde conoció FESACT.
Antes de ingresar, cuenta, sentía que el mayor reto era el olvido y estar aislada de la tecnología. Precisamente, se decidió a entrar por el deseo de actualizarse y superar las barreras digitales que sentía que la limitaban.
A pesar de los años que estuvo fuera del sistema educativo, decidió terminar su bachillerato y mantiene una postura firme frente a la edad: «mucha gente cree que por tener 40 o 50 años es tarde y no lo es, porque si otros pueden uno también, pero a veces no se hace por miedo o pena».
Una segunda oportunidad
Además de estos casos, hombres trabajadores, adolescentes que buscan terminar sus estudios rápido, madres cabeza de familia con hijos en brazos, personas víctimas de violencia sexual o con problemas de consumo de sustancias, encuentran en la fundación una segunda oportunidad para transformar su realidad.
Juan Felipe Guerrero, protagoniza una de esas historias: con 15 años de edad, ingresó para acelerar sus estudios sin atrasarse, con el objetivo de dedicar más tiempo a labores de servicio social con el Estado. A la fecha, está a punto de empezar sus estudios en el SENA.
Mónica y Carolina afirman que uno de los principales retos, tras poco más de dos años de apertura de la fundación, tiene que ver con la permanencia en un lugar físico para operar. Aunque las clases se toman bajo la modalidad virtual asistida, los sábados requieren de un espacio presencial para actividades y charlas, principalmente de apoyo psicológico.
Inicialmente se reunían en el salón comunal del barrio San Bernardino, pero tras enfrentar varios problemas se trasladaron con mucho esfuerzo a una escuela pequeña en el municipio.
Otro desafío persistente es la sostenibilidad económica: «los costos a veces resultan un reto grande para operar, aunque hemos tocado puertas, ha sido difícil conseguir la ayuda de los demás. Muchas veces sacamos de nuestro bolsillo para costear todo, otras con tal de que ellos estudien les damos facilidad de pago y les decimos que nos paguen como puedan», indican las fundadoras. El costo de la matrícula oscila entre los $40.000 mensuales.
Para todos los casos, el acompañamiento psicológico es clave, pues permite que la persona no enfrente sola su sufrimiento: es un espacio en donde se ofrecen herramientas para trabajar emociones en pro del desarrollo personal; y que permite la continuidad del proyecto de vida en donde lo principal es el estado emocional y la salud física.
Un ecosistema para terminar de estudiar
Fesact no es la única alternativa que tienen los adultos trabajadores para terminar sus estudios. La Secretaría de Educación de Bogotá, por ejemplo, colabora con fundaciones y organizaciones sociales para ofrecer programas educativos para jóvenes y adultos vulnerables que abandonaron sus estudios, buscando reincorporarlos al sistema educativo y laboral.
Estos programas incluyen la terminación del bachillerato y formación posmedia, con opciones presenciales en 64 colegios de Bogotá en jornada sabatina o nocturna y alianzas con entidades como el Minuto de Dios y CAFAM para establecer horarios flexibles, especialmente para madres cuidadoras.
La entidad enfatiza la importancia de que estas fundaciones cumplan con la reglamentación para asegurar la certificación de los estudiantes. Aunque los programas para adultos tienen altas tasas de deserción, se están implementando cambios en la modalidad para adaptarse mejor a las necesidades de los estudiantes.
Un programa destacado es Jóvenes con Oportunidades, que, en conjunto con la Secretaría de Integración Social y Desarrollo Económico, identifica a jóvenes que no estudian ni trabajan (‘ninis), ofreciéndoles atención psicosocial, orientación socio-ocupacional, cursos cortos, largos o universitarios con transferencias monetarias para garantizar su permanencia; y acompañamiento para la inserción laboral o el emprendimiento. Los interesados en este programa deben pertenecer a contextos vulnerables y no tener trabajo, ni estudio.
En cuanto a la deserción escolar en general, la Secretaría de Educación de Bogotá ha implementado políticas claras para evitarla, focalizando colegios con altas tasas de deserción, identificando niños en riesgo y contactando a familias de estudiantes que han abandonado el sistema. Gracias a estas medidas, la tasa de deserción en Bogotá ha disminuido del 6.6% en 2023 al 5.2%.
Un nuevo comienzo
A la fecha, Faisury estudia salud ocupacional y a futuro busca convertirse en médico; Stella, en medio de su curiosidad, encontró que con un curso de sistemas puede ganar un salario más alto, quiere dejar la escoba y tener un nuevo empleo y Ruth anhela seguir su formación estudiando arquitectura y tener su casa propia.
A pesar de la falta de una sede fija y de las dificultades que han obligado a sus fundadoras a cambiar el espacio y financiar con recursos propios, Fesact espera mantener sus puertas abiertas, buscan consolidar un acompañamiento continuo demostrando que los adultos de poblaciones vulnerables requieren un soporte emocional y psicológico.