Desde hace 23 años, esta organización transforma el norte de Bolívar y los Montes de María a través de la resistencia social y cultural. La historia de Arnoldo Arrieta, su fundador, refleja la lucha de su comunidad y la resiliencia que la mantiene en pie.
Arnoldo Arrieta tenía poco más de veinte años cuando empezó a acostumbrarse a ver cosas que nadie debería ver. Vio a hombres armados quitarle la vida a alguien. Vio autos incendiados sobre las carreteras del norte de Bolívar. Y vio, más de una vez, a amigos suyos caminar toda la noche para escapar de las zonas altas de los Montes de María y llegar hasta los centros poblados, donde la violencia los seguía alcanzando: allí los esperaban la estigmatización, los malos tratos, el hacinamiento en lugares como una estación de servicio, mientras esperaban que la guerra diera tregua.
Esa fue la Colombia que le tocó vivir a Arrieta, hoy de 45 años, oriundo del municipio de Mahates, en el norte de Bolívar. Es que, según el Observatorio de Memoria y Conflicto del Centro Nacional de Memoria Histórica, entre 1985 y 2017 se registraron en los Montes de María 117 masacres, 3.197 asesinatos selectivos y 657 víctimas de violencia sexual, hechos perpetrados por las FARC y las Autodefensas Unidas de Colombia, agrupadas en la región bajo el Bloque Héroes de los Montes de María.
Esa violencia fue también el origen de Red Antorchas, la organización social y cultural que Arrieta fundó junto a un grupo de jóvenes de su región y que hoy, 23 años después, sigue transformando ese territorio a través del arte.
La mano de Boaventura de Sousa Santos
Arrieta cuenta que él y otros jóvenes de la región habían participado, entre 2000 y 2001, en un proceso de formación en ciudadanía y liderazgo juvenil financiado por la cooperación alemana GTZ (hoy GIZ). Fueron cerca de 50 jóvenes los que pasaron por esos talleres, pero solo un grupo pequeño se mantuvo activo con el paso de los años, pues muchos otros terminaron desplazados o migraron a las ciudades.
En 2003, ese grupo reducido (él calcula que no llegaban a veinte) decidió que no quería que ese proceso se apagara. Ese mismo año asistieron a un foro social en Cartagena en el que participó Boaventura de Sousa Santos, doctor en Sociología del Derecho por la Universidad de Yale y uno de los pensadores sociales más influyentes de las últimas décadas. “Sentimos que nos lavaron el cerebro”, recuerda Arnoldo entre risas.
¿La frase que lo cambió todo?: “estas palabras mías no son nada si ustedes no se convierten en multiplicadores en este mundo que vive a oscuras, ante pueblos a oscuras o barrios a oscuras. Ustedes deben regresar allá, a sus tierras, como unas antorchas que iluminen el camino de los otros”.
Con esa motivación, el grupo organizó su primera gran apuesta pública: un foro para la paz y la ciudadanía en el que invitaron a los aspirantes a alcaldías y concejos de la región a debatir frente a la comunidad.
Lo hicieron en una iglesia del territorio y llegaron a reunir entre 500 y 600 personas, muchas más de las que esperaban. «El padre después de eso no nos quería ni ver», cuenta, todavía entre risas.
Así funciona Red Antorchas
Hoy, Red Antorchas organiza su trabajo en cuatro líneas: afirmación cultural y ambiental, participación ciudadana, comunicación y pedagogía, y economías creativas; esta última en perfeccionamiento. Cada línea se desarrolla a través de escuelas. Allí los dinamizadores cumplen la función de docentes de los aprendices.
De ellas, la más fuerte es la de música y danza tradicional, donde niños, niñas y jóvenes aprenden de los mayores del territorio mediante el diálogo intergeneracional. Por ejemplo, el año pasado, un grupo de menores de 14 años que se formó en danza de son de negro llegó al segundo lugar de un festival infantil regional, apenas meses después de terminar su proceso.
También existe una escuela ambiental que conecta identidad cultural y conservación. En ella los jóvenes de Gamero y Evitar (los dos corregimientos del municipio de Mahates donde trabaja la organización) aprendieron a cultivar la achira, la planta cuya semilla se usa para fabricar las maracas tradicionales de San Jacinto y que la sobreexplotación había empezado a escasear.
Hoy, meses después de concluida la formación, relata Arnoldo, ese grupo de niños sigue enviando fotos por WhatsApp de sus propias plantas, a las que les pusieron nombre.
Ahora bien, el equipo actual fluctúa entre 10 y 14 personas: un núcleo de siete personas contratadas; el equipo de animación, encargado de la gestión administrativa y de las relaciones con financiadores, y un grupo de dinamizadores voluntarios, jóvenes que ya pasaron por los semilleros infantiles y hoy acompañan a las nuevas generaciones.
En ese sentido, entre Gamero, Evitar y el barrio La Guitarra de San Jacinto, la organización mantiene un trabajo continuo con cerca de 150 niños, niñas, jóvenes y sabedores mayores, además de jornadas anuales de formación que alcanzan a varios cientos de estudiantes más en las instituciones educativas de la región.
Todas estas actividades se financian principalmente con convocatorias del Ministerio de Cultura, fondos nacionales administrados por terceros y proyectos de cooperación internacional en alianza con otras organizaciones.
La Mariposa
En 2010, ese trabajo estuvo a punto de detenerse. Arrieta había participado una tarde de ese año en un taller de agroecología en una finca que apoyaba las actividades de la organización, a seis kilómetros de su casa. Como vivía cerca, se fue temprano junto con los demás asistentes de su zona; nada distinto a cualquier otro día.
Horas más tarde, sin poder contactar a los compañeros que se habían quedado, se enteró de que un grupo armado había tomado el lugar durante la noche. Amarraron a quienes permanecían allí, entre ellos dos técnicos agrónomos y la familia que cuidaba el predio, y agredieron sexualmente a una menor de edad. Además, se llevaron los computadores que la organización usaba para su trabajo.
El hecho generó indignación en la región, al punto de que organismos extranjeros y la fuerza pública acompañaron a la comunidad en la respuesta que decidieron dar: no con armas, sino con arte.
Así nació Mi Tierra, Mi Identidad, un recorrido de cinco o seis días por cerca de una decena de comunidades del territorio, a pie y en bus, en el que presentaron La Mariposa, una obra de teatro musicalizada en vivo sobre la violencia contra las mujeres, escrita entre todos.
Sin embargo, no en todos los pueblos los dejaron presentarla de noche; en algunos solo pudieron hacerlo en la mañana, antes de que las autoridades locales les pidieran irse. «Es una metáfora del poder de la fragilidad», dice Arrieta sobre la obra, inspirada en la idea de que muchas mariposas frágiles, al volar juntas, generan grandes cambios.
«Me marcó mucho ver a la gente llorar, ver cómo lograba sacar sentires que llevaba guardando desde hacía mucho tiempo, en un momento en el que no se podía hablar de esto por miedo a las represalias«, recuerda Edison Narváez Ruiz, quien integró esa gira como parte del elenco.
Ese recorrido fue, en palabras de Arrieta, la antesala de la organización que existe hoy. De esa manera, tres años después, en 2013, Red Antorchas se constituyó legalmente. Este año cumple trece años como persona jurídica.
Una resistencia que se multiplica
Desde entonces, la red ha sostenido su trabajo también a través de festivales como Voces, Sones y Tambores, que hicieron durante siete ediciones consecutivas, hasta que, dice Arrieta, «se creció» tanto que dejó de generarles tranquilidad, aunque intentan mantener un concierto anual dentro de esa tradición.
Por su parte, la de Edison Narváez es, para Arrieta, una de las historias que mejor resumen ese trabajo: entró a los semilleros cuando tenía entre 13 y 14 años, se formó como dinamizador mientras estudiaba su licenciatura en educación, y hoy es su colega en el equipo de animación.
El año pasado, junto a una niña del proceso, participó en la presentación de un informe alterno de derechos humanos en Suiza. Narváez vive hoy entre dos realidades que, dice, son elocuentes por su contraste: Mahates, donde ha trabajado casi toda su vida, y Andalucía, en el Atlántico (el municipio de su pareja), donde sí hay un problema creciente de pandillas juveniles.
«No creo que eso sea solamente responsabilidad de Antorchas», aclara, «pero sí creo que ha aportado algo fundamental para que los jóvenes hoy no se vean en esas problemáticas y estén mirando la posibilidad de estar en el arte, la música, el estudio«.
El camino no ha sido lineal. Arrieta reconoce que ha pensado en renunciar varias veces, en medio de crisis económicas y del desgaste de sostener un proceso social sin garantías. El año pasado, además, circuló en los Montes de María un panfleto con amenazas contra quienes hacen este tipo de trabajo social, siendo este un recordatorio de que la región, pese a los acuerdos de paz, sigue siendo un territorio en riesgo.
Aun así, dice Arrieta, la motivación no ha desaparecido, solo ha cambiado de forma: «hay que saber decir lo que se dice, en dónde, cómo, y seguir multiplicando un mensaje sencillo: si tu identidad permanece, tu territorio también permanece«.
El nombre de la organización siempre ha sido eso: una promesa de luz. El primer eslogan de Antorchas fue Iluminamos el camino de la juventud; luego se convirtió en Iluminamos el camino de la niñez y la juventud; después en Mi tierra, mi identidad, y hoy es Mi tierra, mi tradición. Cuatro frases distintas para una misma idea: «es la luz… la luz que ilumina la noche más oscura antes del amanecer».