La siembra de mangles, realizada por un grupo de 26 mujeres de la vereda Villa Gloria, corregimiento de la Boquilla, mejoró su calidad de vida y les permitió marcar un límite ante un ciclo de violencia y machismo
“Antes reciclaba y hacía el aseo de otras casas, me sentía muy débil, solo existía para atender a mi marido y a mis tres hijos; vivía atenida a lo que él podía darme, si quería comprarme algo dependía de él, comíamos una o dos veces al día, mandaba a mis hijos a la escuela sin desayunar y sin merienda. Cuando ingresé a la comunidad, todo cambió”, cuenta Dormelina Galera, una de las integrantes del grupo de mujeres del Consejo Comunitario de Villa Gloria, en Cartagena.
Tras años de contaminación ambiental, invasiones y tala de manglar provocadas por diferentes construcciones que atravesaron la Ciénaga de la Virgen —uno de los ecosistemas más importantes de la capital de Bolívar—, las mujeres de ese Consejo Comunitario asumieron la misión de sembrar mangles desde sus propios hogares, con el fin de recuperar el ecosistema, garantizar el sustento de la comunidad y cerrar un ciclo histórico de violencia ambiental y social.
La pérdida de los mangles rojos (Rhizophora mangle), comenzó en la década de los ochenta, cuando, sin consulta previa a la comunidad, se construyó el Gran Anillo Vial. Esta obra dividió gran parte de la ciénaga y generó consecuencias irreversibles: miles de hectáreas desaparecieron, varias especies abandonaron el lugar y se interrumpieron procesos naturales como el crecimiento de nuevas plantas y la migración de fauna.
Ante la imposibilidad de desplazarse, las comunidades afectadas se asentaron en el territorio. De estos asentamientos nace la vereda de Villa Gloria, fundada en 1996 por Gloria Esther Sánchez Anaya, que entre otras cosas también es representante de la Asociación de Mujeres Negras Rurales. Hoy, estas zonas se encuentran legalizadas y albergan aproximadamente a 800 personas.
Sánchez, abogada con 65 años de edad, lidera desde hace más de tres décadas la defensa de los derechos humanos y territoriales de las comunidades negras, afrocolombianas, raizales y palenqueras de Villa Gloria. Además, es experta en medicina ancestral y representante legal del consejo comunitario del territorio.
El Gran Manglar
En 2016, la Ciénaga de la Virgen enfrentó una nueva amenaza: la construcción del viaducto El Gran Manglar, también conocido como ‘viaducto de la paz’, una obra destinada a conectar a Barranquilla y Cartagena, que atravesaba nuevamente el ecosistema.
Debido a los impactos del Gran Anillo Vial, la Agencia Nacional de Infraestructura (ANI) implementó un plan ambiental que garantizó la protección de la ciénaga mediante el Método Top Down (de arriba hacia abajo), un mecanismo “sostenible” que permitió construir el viaducto sin plataformas temporales sobre el agua, utilizando grúas desde la parte superior para instalar pilotes y cimentaciones, reduciendo así el impacto directo sobre el ecosistema.
Aunque el proyecto incluyó la participación ciudadana, la comunidad de Villa Gloria quedó inicialmente excluida de la consulta previa por considerarse una zona lejana a la obra. Ante esta situación, Gloria instauró una acción de tutela amparada en la Ley 70 de 1993, que reconoce los derechos culturales, territoriales y ambientales de las comunidades negras, afrocolombianas, raizales y palenqueras.
El fallo fue favorable y permitió a Villa Gloria participar en la consulta previa, donde se establecieron acuerdos para la reforestación, el cuidado del manglar y el mejoramiento de la calidad del agua.
Sembrar como acto de sanación
Para dar inicio a la restauración ambiental más grande que ha tenido la Ciénaga de la Virgen, el territorio fue dividido en cuatro zonas: Tierra Baja, Puerto Rey, La Boquilla y Villa Gloria. De este proceso nació la actual comunidad reforestadora de Villa Gloria, integrada por 26 mujeres, sus familias y 18 pescadores.
Hay que saber que la siembra de manglar solo puede realizarse durante la temporada de lluvias, entre octubre y diciembre. Cuenta Gloria que un día de trabajo comienza usualmente en la madrugada. «Preparamos el desayuno que vamos a llevar porque tenemos que llegar a la marea, reposar y esperar a que la marea nos dé la instrucción”, continúa.
Es que, es el movimiento del agua el que indica dónde reposan las semillas. Una vez identificadas, se realiza una labor de clasificación para determinar cuáles son aptas para la germinación y cuáles no, cosa que varía según el tipo de mangle.
Villa Gloria, por ejemplo, siembra mangle rojo, negro, amarillo y mangle zaragoza. De estas especies, el rojo es el más cultivado debido a su resistencia y porque genera mayores ingresos. Su semilla es alargada, similar a un lápiz. En cada temporada, las mujeres recogen la mayor cantidad posible. “Nosotras sembramos entre 20.000 y 40.000 plántulas al año”, indica.
Después de la recolección y clasificación, regresan a sus hogares alrededor de las tres de la tarde. Para ese momento, la tierra de las huertas debe estar preparada. El suelo para los mangles no es tierra común: se mezcla agua salobre, es decir, dulce y salada, para garantizar el crecimiento adecuado de la planta. Además, preparan nutrientes e insecticidas naturales a base de moringa, orégano, matarratón, entre otras plantas, con el fin de evitar la contaminación de la ciénaga con productos químicos.
El proceso de siembra de manglar en Villa Gloria se desarrolló como parte de una compensación ambiental exigida por ley tras la construcción del viaducto. Primero se abrió una licitación para ejecutar la restauración del ecosistema con un enfoque comunitario. EcoExplora Consultoría participó como firma especializada en el componente técnico, articulando a la comunidad con el proyecto y garantizando el cumplimiento de la obligación ambiental.
Para ello, se conformó una unión temporal entre el grupo representado por Sánchez y el experto en manglares Giovanni Ulloa. El proyecto se ejecutó directamente con la comunidad, que estuvo a cargo de la siembra y el mantenimiento de los manglares, mientras que EcoExplora asumió la administración técnica del proceso, la elaboración de los informes ambientales exigidos por las autoridades y la transferencia de conocimientos necesarios para fortalecer las capacidades locales.
El proyecto incluyó un acompañamiento permanente liderado por los ingenieros ambientales Daniela Ulloa y Giovanni Ulloa, que abarcó desde la construcción y manejo de viveros comunitarios hasta las técnicas de siembra y mantenimiento de las plantaciones. El primer vivero fue financiado por la concesionaria del proyecto vial, Ruta Costera, ubicado en el patio de la casa de Gloria.
Una vez se prepara la tierra, se reúnen en la madrugada para facilitar que las mujeres que deben trabajar o llevar a sus hijos a la escuela puedan hacerlo sin contratiempos. Se organizan en grupos: unas se encargan de abrir los hoyos y otras de sembrar. Más que un trabajo colectivo, el proceso se convierte en un espacio de encuentro y cuidado mutuo.“ Ese tiempo a mí me encanta. Hay que hacer el café, unas traen las galletas, siempre hacemos algún compartir”, relata Gloria.
La jornada finaliza alrededor de las 10:00 de la mañana, con un promedio de 10.000 mangles sembrados. Cuando las plántulas alcanzan la altura óptima, entre 30 y 40 centímetros, unos cinco meses después de la siembra inicial, se realiza un estudio en la ciénaga para determinar los puntos adecuados de reforestación. En esta etapa, los pescadores ofrecen apoyo para preparar el terreno y garantizar que el trasplante se realice correctamente.
En los periodos en los que no hay cosecha, la comunidad se dedica a inspeccionar la zona para verificar que los mangles crezcan en buenas condiciones.
A los ocho días de sembrado el mangle, se puede evidenciar si la planta se adhirió correctamente a la tierra. Un mes después, las hojas iniciales caen y comienzan a brotar nuevas. A los cuatro meses aparecen los zancos, y el mangle tarda entre cinco y diez años en alcanzar su madurez.
Actualmente, la comunidad de Villa Gloria, recibe ingresos por la siembra de mangles. Además de restaurar la ciénaga, diferentes proyectos —principalmente hoteleros— las contratan para la creación de espacios verdes donde el mangle es el protagonista. Paralelamente, se preparan para recibir turismo nacional e internacional, por lo que toman clases de inglés, cocina y continúan capacitándose de manera constante.
Del miedo a la libertad
Uno de los principales obstáculos que enfrentó la comunidad cuando dieron inicio a sus labores, fue la violencia intrafamiliar. Según Gloria, muchas mujeres como Dormelina, no tenían permitido salir de sus casas ni realizar actividades laborales; su rol se limitaba al cuidado del hogar, sus hijos y su esposo, mientras dependían económicamente de ellos.
Se necesitó una ardua labor de empoderamiento, de conversación y concientización por parte del consejo que, finalmente, redujo significativamente los niveles de violencia. Hoy, muchas de ellas son el sustento de sus hogares.
“Es muy gratificante verlas planear con lo que ganan, ver cómo han mejorado su calidad de vida. Algunas no podían tener a sus hijos en la escuela por falta de recursos, pero hoy ya están estudiando”, afirma Gloria.
Al inicio ella misma enfrentó múltiples conflictos por aconsejar y empoderar a estas mujeres. Sin embargo, logró vincular a sus familias, principalmente a sus esposos, quienes fueron testigos directos de cómo el trabajo de ellas contribuía al ecosistema y al bienestar económico del hogar.
Dormelina, por ejemplo, relata cómo cambió su relación con el ecosistema en el que vive: “yo ahora respeto la ciénaga, los mangles para mí son libertad, tranquilidad, proyección y armonía”. También considera que se ha empoderado: “gracias a la señora Gloria sé que nosotras somos poderosas, que somos valiosas, que nadie nos puede faltar al respeto y tampoco pueden vulnerar nuestros derechos”, señala.
Llegar a su casa cansada, luego de arduas labores de trabajo, al igual que su esposo, y ver que solo ella tenía que hacer los quehaceres de su hogar, recibir maltrato psicológico, ser controlada, permanecer encerrada y estudiar hacen parte de las cosas que cambiaron en su vida. “Entendí que mediante las conversaciones con mi esposo podía llegar a diferentes acuerdos, exigir respeto no estaba de más, recuerdo que un día le dije que una licra me parecía linda para ir al gimnasio, a lo que respondió que si yo no servía para ir al colegio, mucho menos servía para ir a un gimnasio, a la fecha ya me gradué e hice varios cursos en arquitectura, ya me respetan y tengo la libertad de trabajar”, relata.
Cuenta también que la siembra de los mangles le permite obtener ganancias de $600.000 por mes en cada temporada; y recibe otros ingresos derivados de la siembra de alimentos que cultiva en el patio de su casa. “Ahora sé que sirvo para muchas cosas, no soy solo la mamá y la esposa, sino que puedo ser una mejor vecina, una mejor amiga, puedo dedicarles tiempo a todos y, sobre todo, a mí misma”.
Hoy, su sueño más grande tiene que ver con la defensa de niños y mujeres, es por eso que anhela estudiar derecho y psicología. Espera contribuir y que su legado quede marcado. “Yo quiero que las mujeres entiendan que somos valiosas, poderosas y que no podemos permitir que nos digan lo contrario, podemos con todo, quiero defender a quienes han sido víctimas de violencia y dejaron sus sueños atrás, como yo”, concluye.