Este artista destina parte de sus ganancias para alimentar abuelitos vulnerables en Bogotá

La Fundación Instrumentos de Cambio, liderada por Diego Peñuela, garantiza que el último martes de cada mes 100 adultos mayores reciban alimento en un comedor comunitario del barrio Santa Fe, en la capital.

Diego Peñuela, conocido como Chalmy la Revolución, encontró en su proposito de vida, por medio de la música, un camino para ayudar a los demás. A sus 22 años, cuando iniciaba su carrera como compositor, su identidad siempre reflejó sus ganas de salir adelante y de contribuir a los demás como acto de agradecimiento. En su aspecto se evidencia su individualidad y el sello de su arte: unas rastas imponentes que lo acompañan hace años y que combinan con su sonrisa y su piel trigueña.

Diego Peñuela
Diego Peñuela, además de ser artista del genero Urbano, cuenta con una empresa que se dedica a organizar eventos, parte de los ingresos que recibe son destinados a Instrumentos de Cambio | Foto: Instagram @chalmylarevolucion

En 2016, lo que comenzó como un gesto espontáneo —repartir tamales a quienes habitan las calles— se transformó en un compromiso de vida al encontrarse con los rostros del comedor comunitario Madre Teresa de Calcuta, en la localidad de de los Martires; en el distrito capital. Esa conexión con la vejez vulnerable lo llevó a participar de las actividades de ese espacio durante 7 años, para en 2023 crear la Fundación Instrumentos de Cambio.

La realidad en la capital

Don Tenorio, miembro de la Fundación Instrumentos de Cambio
Las enfermedades crónicas sin control, la exposción ambiental, la desnutrición, el deterioro cognitico y mental, la vulnerabilidad ante la violencia, la soledad y falta de higiene hacen parte de la realidad que enfrenta un adulto mayor en condición de calle. Don Tenorio, luego de vivir durante meses entre cartones y papel periodico recibió el apoyo de Instrumentos de Cambio, esto le permitió pasar de la calle a una vivienda digna. | Foto: Youtube Chalmy la Revolución

De acuerdo con el reporte más reciente del DANE, Bogotá cuenta con una población total de 7.945.996, de los cuales y según el informe de la Secretaría Distrital de Integración Social para marzo de 2026,  llos adultos mayores de 60 años supera los 1,2 millones de personas, de ellos, 160.754 se encuentran en situación de abandono social y más de 25.000 en abandono total.

Para combatir esta realidad de abandono, el programa Bogotá Sin Hambre 2.0,  opera actualmente con una red de 136 comedores comunitarios,  estos espacios centran una alta participación de adultos mayoresEl Distrito potencia la atención integral de este grupo poblacional mediante los Centros Día, que ofrece un lugar de socialización, cuidado, actividades recreativas, apoyo psicosocial y, en muchos casos, raciones de comida. 

En ese contexto, iniciativas como la Fundación Instrumentos de Cambio, que centran su labor en esta población, complementan la atención institucional que brindan los comedores comunitarios del Distrito. 

Unión, alimento y amor

Plaza de Mercado de Paloquemao
Los productos frescos y seleccionados son clave para la preparación de cada almuerzo. | Foto: Sara Medellín

Días antes de que el calendario marque el último martes del mes, el entorno digital de Chalmy se convierte en una central de convocatoria. A través de sus redes sociales lanza el llamado para la nueva misión del mes: cocinar por y para los abuelos.

La jornada arranca a las siete de la mañana bajo la mirada de la virgen en la Plaza de Mercado de Paloquemao. Allí, el aire es una mezcla espesa de olor a campo, frutas frescas y hierbas, mientras el eco de los trabajadores que madrugan marca el pulso del comercio. Alrededor de Chalmy se reúne su equipo, este varía cada mes, según la disponibilidad de su comunidad, algunos,  solo van verificar la compra del mercado y aportar económicamente.. El inicio del ritual es un tinto «de esos que despiertan y dan suficiente energía», dice Chalmy, el combustible necesario para la faena que les espera.

A las siete y media, con la lista en mano, comienza el recorrido por los pasillos. La primera parada es en el punto de las pulpas: el sabor elegido para preparar el jugo es el mango, el tono amarillo y su olor resaltan por su frescura; mientras empacan quince paquetes grandes de esa fruta, el equipo comparte un pepino dulce con tajín y sal: un pequeño respiro antes de seguir. 

Luego, entre el verde vibrante de las verduras frescas y los pasillos de abarrotes se deja el listado del mercado, mientras tanto, van tachando pendientes: aceite, arroz, huevos y desechables. La última escala es en la carnicería, donde seleccionan el hueso, la «sustancia», que es indispensable para darle sabor a la sopa.

Con dos carros a rebosar, y una cuenta que ya supera el millón de pesos, el equipo carga los vehículos; el de Diego y uno que un vecino le presta. Son quince minutos de trayecto hasta el comedor Madre Teresa de Calcuta. Al llegar, el paisaje cambia drásticamente: el bullicio de la plaza queda atrás y da paso a la cruda realidad del Barrio las Cruces, donde la vulnerabilidad y el drama del consumo de sustancias se asoman en cada esquina.

Una preparación en equipo

Preparación de almuerzo en el comedor comunitario María Teresa de Calcuta
El amor, dedicación y trabajo en equipo es fundamental para que el adulto mayor reciba un alimento de calidad. | Foto: Sara Medellín

Al cruzar el umbral del comedor, el ambiente se transforma. Un pasillo largo conduce hacia dos salones donde mesas de plástico e hileras de sillas esperan en silencio. Pero en la cocina, amplia y equipada, el silencio no existe. Allí, un segundo equipo aguarda a Chalmy con los brazos listos para recibir el mercado. El reloj empieza a correr: tienen exactamente dos horas y media para que el almuerzo esté servido.

Antes del primer corte de cuchillo, el grupo se detiene. Se eleva una oración breve para quienes encuentran en la fe su motor, y de inmediato, el engranaje humano se activa. Doce personas, uniformadas, quienes cumplen los lineamientos de sanidad, con guantes, tapabocas y cofias, se dividen los espacios: unos se encargan del corte de las verduras, otros aseguran la proteína y el resto se encarga de que la sopa y el jugo alcancen el punto exacto.

Así, el menú del día depende del presupuesto y de los ingredientes adicionales que aporte el equipo, para este martes, la preparación consta de tilapia empanizada, arroz verde, ensalada, yuca frita, patacón, jugo de mango y sopa de verduras. No existen cálculos de nutricionistas ni dietas restrictivas; la generosidad de los donantes dictan el ritmo de la cocina. “Una vez intentamos seguir un plan nutricional específico, pero decidimos que el sabor y el cariño eran la prioridad. Ellos son inmensamente agradecidos con lo que se les pone en la mesa”, confiesa Chalmy mientras corta las verduras.

Mejorar vidas por medio del arte

Comedor Comunitario Madre Teresa de Calcuta, Bogotá
Además de un almuerzo, las actividades artísticas como el baile y el canto fomenta la participación e integración de los adultos mayores. | Foto: Sofía González

La historia de Chalmy empezó en el patio de su colegio, allí el break dance le enseñó a dominar el cuerpo. Siendo apenas un adolescente descubrió su gusto por el rap, el hip hop y la música afro. “Me dije: esto es lo que quiero hacer y de lo que quiero vivir y lo estoy logrando desde hace 22 años”, afirma, hoy con la emoción de que sabe que le ganó la apuesta al destino.

De esa manera, sus obras sociales nacieron como un pacto de gratitud con Dios por permitirle vivir de su arte. El quiebre ocurrió en un cumpleaños. Tras años de celebrar con fiestas y excesos, Chalmy tuvo una revelación: si tenía el poder de convocar a tanta gente para beber, también lo tenía para alimentar. “Dije: voy a hacer algo diferente. Para mi siguiente cumpleaños, pedí alimentos en lugar de regalos”, relata. Así, hace 18 años, cambió la fiesta por una olla de chocolate con pan que repartió en las entrañas del Cartucho.

Aquella primera incursión en la calle le dejó huellas en la memoria. Recuerda con impresión la crudeza del lugar, pero sobre todo un encuentro que lo dejó frío: entre la miseria y el consumo de drogas, reconoció a un antiguo compañero de colegio, el mismo que años atrás le hacía bullying. 

Ese choque de realidad lo impulsó a colaborar con fundaciones como la del Quemado que atiende a menores vulnerables con discapacidad resultado de quemaduras corporales, o CIREC, especializada en parálisis cerebral. 

Su método siempre ha sido el mismo: crear un «día fantástico». En sus eventos hay regalos, mariachis y danza. Uno de sus recuerdos más preciados involucra a un bailarín de J Balvin, quien montó una coreografía para personas con discapacidad auditiva. Fue allí donde Chalmy entendió que la música no se escucha, se siente: «Los niños bailaban siguiendo las vibraciones, conectando con un mundo que muchos creían que no estaba al alcance de ellos», agrega.

Así mismo, su labor también alcanza a las cuidadoras. “Ellas viven por y para esos niños, no tienen un respiro. Una vez les llevamos una serenata y una de las mamitas lloraba. Me decía: ‘Gracias, porque a mí nunca me habían dado una serenata’», sostiene el artista, para quien su música es, también, una herramienta de consuelo.

Silencio, soledad y abandono

Plaza de Mercado Paloquemao
Las personas con una vida social activa, pueden experimentar en muchos casos el miedo a la soledad, esto permitió que Chalmy enfocara su labor principalmente en el adulto mayor. | Foto: Sara Medellín

El giro hacia la tercera edad se dio por  la cercanía de su hermano con el comedor comunitario lo que le abrió los ojos a una realidad que el artista define como desgarradora: el abandono. “La soledad de los abuelos me parece aterradora”, confiesa con la voz pesada. “Yo siempre tengo amigos, siempre tengo con quien almorzar; me da una tristeza profunda ver que ellos no tienen a nadie. Muchos viven con lo mínimo, con hijos o nietos atrapados en la droga o la prostitución, y algunos aún deben ganar ocho mil pesos diarios haciendo aseos o trabajos que no son dignos para su edad”.

Para combatir ese silencio, Instrumentos de Cambio dejó de ser solo un ideal para consolidarse, hace tres años, como una fundación formal. Desde entonces, las alianzas le han permitido jornadas de salud y cortes de cabello, pero hay una iniciativa que brilla con luz propia: “Adopta un abuelito”. Cada diciembre, familias voluntarias abren las puertas de sus hogares para que un adulto mayor cambie la frialdad de la calle por el calor de una cena, una salida al cine o una tarde en un centro comercial. Un paréntesis de hogar en medio de la precariedad.

Entre los adultos mayores que marcaron el corazón de Chalmy está Don Tenorio, a quien el alcoholismo lo dejó en la nada, durmiendo entre cartones y papel periódico. “Su desgaste en la calle me preocupaba mucho”, recuerda el artista. Movido por la urgencia, Chalmy activó su red de contactos: un DJ amigo compró la cama y, a través de redes sociales, la solidaridad se hizo cadena. Televisores, cobijas, mercados y muebles empezaron a llegar hasta que lograron pagarle el arriendo de una habitación. “Un domingo le dimos la sorpresa; su gratitud ese día es algo que no se puede explicar”, relata con emoción.

Un plato, una sonrisa

Adultos mayores del Comedor Comunitario Madre Teresa de Calcuta
Recibir un alimento gracias al apoyo de fundaciones como Instrumentos de Cambio y el Comedor Comunitario Madre Teresa de Calcuta, es el momento favorito del día de un adulto mayor, algunos solo consumen un alimento diario. | Foto: Sofía González

Sobre el mediodía, el desfile de la esperanza comienza frente a la puerta del comedor. Los adultos mayores van llegando a paso lento, algunos apoyados en bastones, todos cargando el peso de los años en sus hombros, pero con la fe intacta de que el día será mejor. Antes de probar bocado, se reúnen en el pasillo para cumplir con su primer ritual: un rosario de agradecimiento por la vida. Mientras sus voces se elevan en oración, en la cocina el equipo de Chalmy ultima detalles entre el vapor de las ollas.

Una vez terminada la plegaria, el ambiente cambia. Chalmy y su equipo instalan el sonido para convertir el comedor en un escenario. A pesar de los achaques y los dolores propios de la edad, los abuelos se ubican en sus lugares preferidos con una sonrisa. Durante treinta minutos, el ritmo del baile y la música borran las adversidades diarias. Por un momento, el cansancio desaparece; algunos mueven los brazos desde sus sillas y otros, con un esfuerzo heroico, se levantan para bailar entre sí, recordando que, en este rincón del barrio Santa Fe, no están solos.

El banquete abre con un dulce: una oblea de mora y arequipe. Luego, llega la sopa, con un aroma a hogar que inunda el salón. El plato fuerte del mes es una tilapia empanizada. “El secreto para que quede bien sellada es secar el pescado con un paño, pasarlo por harina de trigo para quitar la humedad, luego por huevo y miga de pan antes de lanzarlo al aceite caliente”, explica el chef Luis Forero, mientras sirve las porciones.

El salón se sumerge en silencio mientras comen. Algunos piden repetir, otros guardan parte de su ración en recipientes de plástico para llevarle a quienes no pudieron asistir.

Memoria y recuerdos

Irma Sarmiento, miembro de la fundación Instrumentos de Cambio
"El paso de los años no es impedimento para dejar de hacer cosas, para no estar alegres, la vida es para gozar" - Irma Sarmiento | Foto: Sara Medellín

Al salir, muchos regresan a su realidad: chazas improvisadas con cartón y cinta donde venden dulces, cigarrillos, trabajos mal pagos y soledad. Sin embargo, se marchan con el corazón lleno, sabiendo que el arte, en manos de Chalmy, se convirtió, al menos por este día, en un espacio de compañía y alegría. Su afán no es otro que el de siempre: conseguir la cuota diaria para sobrevivir.

Entre ellos destaca Sofía. A sus 94 años, prefiere resguardar su historia, pero el peso de las injusticias le gana al silencio. Con el bastón en mano y una espalda encorvada, donde parece cargar casi un siglo de memorias, relata cómo a su madre le arrebataron sus tierras, dejándola en el desamparo que hoy habita. Sofía no escucha bien y arrastra las palabras, pero tiene claro que su bienestar depende de la caridad ajena. Fue la última en salir; su edad ya no le permite seguir el ritmo de los demás. Mientras se toma sus medicamentos con el último sorbo de jugo, abandona el comedor con la lentitud de quien sabe que afuera nadie la espera.

En el otro extremo está Irma Sarmiento. A sus 72 años, Sarmiento es un torbellino de energía que contagia. Vende chance, recicla y aunque una catarata la obliga a hacer una pausa, su espíritu sigue intacto. “Esta vida es para gozar, no solo para trabajar”, afirma con una sonrisa mientras recuerda sus años de juventud. Vive sola y su hijo reside en Ecuador, pero en el comedor encontró su «tribu».

Para Sarmiento, el mensaje de Chalmy es un salvavidas contra el edadismo: “la sociedad nos quiere arrinconar, nos trabajan la mente para que creamos que no podemos, pero hay que tener visión y mente positiva, porque si podemos, la edad no es un impedimiento”, asegura. Para ella, que jóvenes como el equipo de la fundación lleguen sin prejuicios es el verdadero regalo: “Con Chalmy nos sentimos valorados, sin discriminación. Él nos devuelve el ánimo”.

Al final del día, no todos quisieron hablar. En medio de la soledad y el no querer recordar el pasado de una vida, el silencio también es una respuesta. Cuando las puertas del comedor se cierran, la labor no termina. Los almuerzos que sobran se reparten entre las personas que habitan las calles. Es el cierre de un ciclo de generosidad que Chalmy sueña con expandir. Su meta es que cada acorde de su música se transforme en más platos de comida, más jornadas de salud y menos soledad.

Hoy, el proyecto es un refugio en donde las ganancias de su carrera artística se transforman en un momento diferente en la vida de cada persona. Allí, la música y el canto no son solo entretenimiento, sino la herramienta con la que Diego logra que más de cien adultos mayores cambien la soledad por una tarde de alegría e integración.

A través de sus redes sociales, el artista sigue convocando a quienes quieran sumarse a esta «revolución» de platos calientes y canciones, demostrando que, a veces, un instrumento de cambio es simplemente la voluntad de no mirar hacia otro lado.

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