Entre relatos y bosques, la comunidad de Isla Fuerte se reapropia de su territorio

Con turismo comunitario, saberes ancestrales y cine, la población de esta isla caribeña mantiene vivas sus tradiciones y cuida la naturaleza que los rodea.

El clima en el mar Caribe a la altura de las costas de Colombia es relativamente calmado la mañana del 28 de enero de 1671. Es tranquilo en su naturaleza, pero perturbado en su superficie por el estruendo que causan los cañones, bayonetas y malas palabras que salen de los más de 2.500 combatientes, entre británicos y españoles, que se disputan el acceso y control de Panamá la vieja: hoy conocida como Ciudad de Panamá.

La lucha se ha prolongado más de lo debido; los retazos de madera de las embarcaciones que golpean a los hombres, el olor a pólvora y sangre, y el zumbido incesante de los proyectiles que casi chocan contra la cabeza del pirata Henry Morgan le hacen tomar decisiones desesperadas: es momento de hacerse con la zona al precio que sea.

Así, él y sus más de 1.400 corsarios doblegaron la defensa que presentó el gobernador de la Real Audiencia de Panamá: Don Juan Pérez de Guzmán y Gonzaga. Se dice que la resistencia no fue tan fuerte, no por la poca gallardía de los soldados de Guzmán, sino porque la Corona estimó que no era necesario hacer grandes esfuerzos por contener al revoltoso forajido de Morgan y por eso dejó que su artillería pesada se ocupará en detener el avance francés en Europa, en lo que se conoce como la Guerra de Devolución.

La tormenta que lo cambió todo

Isla Fuerte, Caminos de Mar y Monte
Derrota de la flota española por el capitán Morgan, década de 1660 (c. 1880). Grabado de la Historia de los Estados Unidos de Cassell, por Edmund Ollier, Volumen I, Cassell Petter y Galpin, Londres, c. 1880. | Foto: Getty Images

Aquella vez el destino fue muy generoso con Morgan: le permitió conquistar una de las más prósperas tierras del virreinato en las Américas. Sitiado el lugar, el bucanero y sus compinches prendieron fuego a todo y huyeron con una carga equivalente a 175 mulas cargadas con oro, plata, sedas y otros objetos preciosos, además de unos 600 prisioneros.

Entre tanto, en medio de la huida con tamaño botín, el mar decidió inesperadamente que, así como aquel pirata no mostró clemencia con las más de 3.000 víctimas que dejó el saqueo, este tampoco sería piadoso con él y lo azotó con todas sus fuerzas, haciendo mermar la flota de 36 navíos que comandaba Morgan.

En consecuencia, temeroso de perder su tesoro, “el hombre desalmado” rápidamente buscó donde refugiarse, sin muchas opciones fijó el rumbo hacia un puñado de islas de la por ese entonces Provincia de Veraguas. De esta manera llegó a San Andrés, Providencia, Isla Catalina y tiempo después a Isla Fuerte.

Estando ahí, a pesar de su convicción, sus esfuerzos fueron infructuosos y apenas pudo salvar un puñado de preciados objetos (y de su gente), siendo así que gran parte de estos fueron a parar a una caverna en ese último islote: una gruta de 25 metros de largo con una altura de 1.45 metros, en lo que hoy en día se conoce como la Cueva de Morgan.

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Protegiendo el legado de Isla Fuerte

Isla Fuerte, Caminos de Mar y Monte
Compartiendo saberes e historias en la Ruta del Mangle. | Foto: cortesía Juan David Mejía Vásquez

El anterior es uno de los relatos que los nativos de Isla Fuerte cuentan a los turistas sobre la historia del archipiélago, que, entre otras cosas, ellos describen así: «este es un territorio místico, plagado de hermosa vegetación y hogar de una de las plantas más enigmáticas pero necesarias de los ecosistemas subacuáticos: el manglar rojo«.

«Es difícil retratar esta tierra, está tan llena de plantas y animales únicos que hacerlo en pocas palabras resulta imposible», dice Cleiver Cuadrado, miembro de la iniciativa Isla Fuerte, Caminos de Mar y Monte.

Este proyecto nació en 2024 como resultado de un proceso de apropiación del territorio por parte de los pobladores para mantener su riqueza natural y cultural.

«Vimos que las grandes agencias hoteleras traían muchas personas y la isla obtenía pocos beneficios económicos; peor aún, dejaban enormes problemáticas sociales y ambientales. Por un lado, las personas se estaban olvidando de sus raíces, de sus mitos y leyendas, de su ancestralidad; y por el otro, el mal manejo de basuras estaba contaminando las playas«, añade Juan David Mejía Vásquez (Jota), cofundador y líder de comunicaciones.

Los inicios de Isla Fuerte, Caminos de Mar y Monte

Isla Fuerte, Caminos de Mar y Monte
Más de 500 personas han visitado la isla con el acompañamiento de Caminos de Mar y Monte. | Foto: cortesía Juan David Mejía Vásquez

Cuenta Juan Mejía que la idea surgió entre 2020 y 2023 luego de varias etapas de capacitación de la población recibidas del Ministerio de Cultura a través de una beca en donde 15 personas se formaron como guías turísticos expertos, además de aprender a realizar procesos de recuperación de memoria territorial, cuidado de los ecosistemas y colectivización.

Con ese conocimiento adquirido, de la mano de las corporaciones Fecisla y Espora, diseñaron e implementaron rutas ecológicas con las que, desde ese momento, preservan el entorno al tiempo que mantienen vivas sus tradiciones.

«Queremos que quienes nos visitan no solo observen, sino que sientan, comprendan y se conecten con la manera en que habitamos y cuidamos nuestra tierra. La isla posee una mística difícil de explicar. Por ello, Caminos de Mar y Monte es una invitación a encontrarse con ella: a recorrerla, escucharla y habitarla desde una mirada más horizontal, consciente y profundamente transformadora», señala Mejía.

Las rutas

Isla Fuerte, Caminos de Mar y Monte
Cierre del tour al ritmo del bullerengue, al calor del fuego y la compañía del cine comunitario. | Foto: cortesía - Juan David Mejía Vásquez

Los recorridos son liderados por los nativos y se hacen por etapas distribuidas en tres días y sus noches. En la primera jornada, en la «Ruta del Oso Perezoso», los participantes realizan el avistamiento de este tipo de mamíferos para reconocerlos como seres emblemáticos de la isla para luego terminar las actividades en la playa de San Diego donde prueban comidas típicas regionales.

En el segundo día, en la «Ruta del Manglar», los visitantes aprenden a sembrar mangle rojo y hacen careteo en zonas de arrecifes de coral. «En este trayecto lo que buscamos es que la gente conozca la riqueza de los manglares y su importancia. De esta forma, cada individuo siembra su propio árbol y nos ayuda a preservar nuestro ecosistema», indica Cuadrado. De ahí que gracias a esa estrategia ya recuperaron 550 mangles y restauraron más de 3.500 plantas.

A continuación, en La «Ruta de los Cultivos», en la mañana y parte de la tarde del último día, los turistas caminan por la naturaleza saboreando los frutos que esta da mientras descubren la historia de quienes mantienen vigentes las tradiciones del monte. 

«Es un recorrido por 3 fincas de la comunidad donde Silvia Rideau, Rodolfo Ramírez, Amina Ramírez y Bartolo López son los anfitriones que enseñan parte de los saberes históricos y tradicionales que determinan lo que hoy es esta tierra», agrega Juan David Mejía.

Finalmente, el tour concluye a la sombra del centenario árbol de camarón, conocido como Tuntún, con la proyección de películas realizadas por la comunidad y un concierto de bullerengue, al calor de una fogata, del grupo Ritmo Alegre conformado por jóvenes del territorio. 

Testimonio de una visitante

Diana Cristina Correa, antioqueña, visitó la isla en enero de este año y así describió su estancia con Caminos de Mar y Monte:

«Realmente toda la experiencia es muy con la comunidad, desde la comunidad y con la comunidad y eso lo hace muy especial. Nos acerca bastante a sus hábitos, costumbres, gustos gastronómicos y el amor y dedicación con la que nos cuentan del territorio es bastante especial. Ellos siempre están dispuestos a ser cálidos, atentos con los viajeros, con los turistas y se siente uno muy seguro,  eso también es bastante especial ahora a la hora de viajar».

Juan David Mejía Vásquez y su amor por la isla

Isla Fuerte, Caminos de Mar y Monte
Proyección de cine comunitario en la última jornada de la experiencia. | Foto: cortesía - Juan David Mejía Vásquez

Isla Fuerte, reconocida por sus aguas color turquesa, sus playas de arena blanca, arrecifes de coral y su densa vegetación, es un tesoro del Caribe colombiano. Aunque está situada cerca del límite terrestre del departamento de Córdoba, con cerca de 4 kilómetros cuadrados de extensión, esta zona pertenece administrativamente a Cartagena.

Para llegar allá, si no se tiene vehículo propio, primero hay que ir a Montería para tomar un bus hacia Lorica. Estando ahí se debe desplazar hasta la playa de Paso Nuevo en donde varios lancheros se encargan de llevar a los turistas a Puerto Limón, ya ubicado en el corregimiento insular.

En sus costas tranquilas habitan, según el Ejercito Nacional de Colombia, cerca de 2.000 personas que, además del turismo, viven de la siembra de patilla, melón, pepino, maíz, yuca, ñame, entre otros productos, así como de la pesca que realizan de manera artesanal.

Aquellas primeras familias; los Espitia, los Ramos o Navas, relatan los sabios locales, llegaron hace más de doscientos años provenientes del interior del país, principalmente de Cartagena, en busca de nuevos lugares para pescar. Estos primeros pobladores, cuenta la historia, construyeron las primeras casas con soportes de palma y otras plantas, sentando las bases de lo que sería el primer casco urbano en medio de bosques vírgenes de manglar.

FECISLA

Fue precisamente toda la variedad de atractivos históricos, culturales, sociales y ambientales de la isla los que llamaron la atención de Juan David Mejía. Él, enamorado de todo esto, se radicó en 2008 para contribuir a la construcción del tejido social de la región desde su campo: el cine y fotografía

«Creo que lo audiovisual es muy poderoso para mantener vivas ciertas tradiciones, aún así, en territorios como estos es muy complicado hacerlo y más si no tienes internet o energía eléctrica constante, sin embargo, con todo y esa adversidad seguimos trabajando», dice Mejía.

Por ello, con esa misma convicción que mantiene vigente, creó en 2015, con ayuda de algunos amigos, el Festival de Cine de la Isla: Fecisla. Se trata de un festival de cine comunitario donde los habitantes pueden contar sus historias y transmitirlas a las nuevas generaciones.

«Creamos este evento para que la gente tuviera una oportunidad de narrar lo suyo, lo propio, para mantenerlo vivo. Todo lo hacíamos con cámaras prestadas, celulares, luces improvisadas, pero funcionaba muy bien», explica Juan David. El encuentro, que tuvo su última versión en 2024, le permitió a la comunidad crear más de 40 filmes cortos, mini documentales y películas que hoy en día pueden verse en la página oficial de la iniciativa: www.fecisla.org.

Una iniciativa complementaria

No obstante, a pesar de realizar todos esos esfuerzos, la propuesta venía desde hace algún tiempo con problemas de financiamiento, situación que Juan Mejía ya tenía prevista y razón por la cual impulsó la creación de Caminos de Mar y Monte.

«La experiencia era muy bonita pero no era rentable, porque en realidad así lo quisimos, entonces creamos dos líneas de trabajo, la primera: Escuela Arrecife en 2018, para sensibilizar a las infancias sobre el cuidado de su entorno desde las artes las plásticas, el cine y la música. Con ella, también buscábamos que estas fueran herramientas para visibilizar el tejido cultural, hacer memoria y que comprendan las relaciones del ser humano con las otras especies, una dinámica donde conservar la naturaleza sea también parte vital del proceso de vida. El segundo enfoque fue el turístico».

Mejía Vásquez considera que con esas dos perspectivas es viable un proyecto sostenible económica y socialmente, pues por una parte hacen construcción social y recuperación de saberes a través de Arrecife y, de otro lado, generan ingresos para la ciudadanía al tiempo que cuidan su casa común. «Esperamos seguir construyendo desde la preservación y el amor por esta tierra tan sentida y profunda», concluye.

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